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jueves, 8 de agosto de 2013

El laicismo permite la secularización de los derechos y las libertades fundamentales.

Palabras de clausura Philippe Grollet, Presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica en el Primer Seminario Latinoamericano de Laicismo. 

1.  Laicismo  defiende la independencia de la sociedad y del Estado de toda influencia religiosa. 

El laicismo siempre ha sido la doctrina que defiende la independencia de la sociedad y del Estado de toda influencia eclesiástica o religiosa, y siempre ha sido la inspiración para que en la sociedad, particularmente en la escuela, por respeto a la conciencia de cada ciudadano, no se introduzca ni establezca ningún dogma religioso. Favorecer a un culto es marginar a otros.

El laicismo permitió la secularización de los derechos y las libertades fundamentales a la vez que contribuyó a consolidar las instituciones democráticas en un plano de mayor igualdad y tolerancia. Correspondió al laicismo y a sus figuras patrióticas y libertarias más esclarecidas la inmensa tarea de desprenderse de la religión única y exclusiva, con que se sometió, por decenas de años, a pueblos enteros. ¡Cuánto se luchó para tener derecho siquiera a enterrarse sin estigmas ni prohibiciones!

El laicismo, con más o menos éxito, aún separado y disperso como ha estado, ha sido capaz de enfrentarse a todos los totalitarismos religiosos, a los dogmas eternos e inamovibles y a los poderes sacramentales definitivos e inapelables, destinados a mantener a la sociedad bajo la dependencia de la jerarquía institucional de las iglesias. Con la pretensión de regentar las conciencias y legitimar los gobiernos, ya en 1520, el obispo español Diego de Landa hizo quemar en una plaza pública los libros de los mayas.

El laicismo ha venido lentamente liberando al hombre de la servidumbre con que han querido someterlo los movimientos fundamentalistas e integristas. En nombre de la infabilidad literal de los textos sagrados y la inamovilidad de las tradiciones se ha querido la libertad. Pero no crea que solo con la separación de la Iglesia y del Estado se logra un Estado Laico que reconozca de veras la libertad de conciencia y los derechos fundamentales del hombre, sino que se necesita, como base ineludible e inequívoca, una sociedad que crezca y se desarrolle en un ambiente de paz, diversidad y pluralidad en lo político y moral.

Desde 1790, cuando se emprende la tarea de definir en América Latina los límites de nuestros Estados, tal como ocurrió en África y el Cercano Oriente, las fronteras fueron trazadas según los intereses políticos y religiosos de los centros dominantes, sin tomar en cuenta las fronteras étnicas ni las regiones geohistóricas antiguas. La religión católica, violentando la libertad de conciencia, terminó por imponer a la población sus convicciones arbitrarias y por dejar a los indígenas sin acceso a los centros urbanos, a los bienes y beneficios rurales. Aún hoy, con centenarios padecimientos, los indígenas suelen vivir 10 años menos.
El laicismo, no obstante la gigantesca y agresiva actividad religiosa cumplida por la iglesia, ha tenido el vigor necesario para responder al catolicismo que ha pretendido convertirse en actor político y reclamar espacios que sobrepasan los márgenes de la tolerancia y la libertad de pensamiento al pretender reglamentar la vida personal y oprimir la vida ciudadana. A ninguna religión, teniendo la imagen rediviva del fanatismo inexorable de Tomás de Torquemada, se le puede permitir desbordar los límites de la conciencia individual y colectiva.

El laicismo es patrimonio de la soberanía popular y de la libre determinación de hombres y mujeres, porque permite la emancipación de todos aquellos poderes oscuros que limitan la justicia, la libertad, educacional y religiosa, y la expresión de todos los proyectos éticos contemporáneos.

Sobre bases laicas, no místicas ni sectarias, las ideas pueden desarrollarse en un ambiente de comprensión y tolerancia sin imposiciones que lesionen y perturben el libre ejercicio del pensamiento. La sociedad no es un recinto teologal, sino un lugar de entendimiento humanista, de respeto a todas las creencias y base legítima del Estado.

En una sociedad que debe estimular la libertad individual y el derecho a la libre escogencia política, no pueden tener cabida el autoritarismo político ni el dogmatismo religioso. La ciencia, la educación, el arte, el gobierno y la creación en sí misma, suelen expresar opciones religiosas y políticas, pero no pueden estar limitados por la opresión del pensamiento arbitrario e intolerante.

2.- Desafíos del laicismo.

Después de la dura lucha desarrollada desde el siglo XVIII en que la iglesia y el estado se disputaron la escuela y la universidad, el laicismo moderno ha tenido que levantarse frente al restauracionismo romano ante sus pretensiones de revitalizar a la iglesia como poder político y ha tenido que engrosar su voz respecto de las sectas y grupos religiosos excluyentes con signos de limpiezas étnicas.


Se ha dicho que en los 40 años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se registraron 88 guerras mientras que desde 1945 han estallado cerca de 200 guerras de alta intensidad, la mayor parte a consecuencia de conflictos étnicos y religiosos (Yugoslavia, Serbia, Ruanda, Somalia, Sudán, Burundi, Georgia, Chechenia, Timor Oriental), que han constituido peligros de la magnitud de los originados por la Guerra Fría (1949-1990).

El laicismo, a pesar de su inorganicidad, ha levantado su voz ante la formación de gobiernos religiosos como los de Sudán y Afganistán, ante los atentados de Irlanda del Norte, Turquía, Kenia y Argentina, ante las luchas internas como en las ex repúblicas soviéticas musulmanas, en India, Nigeria, Sudáfrica y ante los movimientos separatistas del Cáucaso, Indonesia e Irlanda del Norte, en esta última donde se enfrentan protestantes y católicos desde el Siglo XVIII.

Católicos, protestantes y musulmanes quieren resolver sus diferencias con sangre y todos quieren tener un Dios hecho a su medida, que los ampare y favorezca y que, también, los justifique en sus desmanes e intereses.

En América Latina no menos de 30 partidos, con confesionalidades encubiertas, en los Parlamentos de Brasil, Perú, Guatemala o Colombia, son los nuevos adversarios del laicismo y la moral laica que es expresión de la universalidad de los derechos humanos, la tolerancia y la solidaridad. Esa realidad explica, en buena medida, que apenas el 25% de los latinoamericanos esté satisfecho con el funcionamiento del sistema democrático. Solo el fundamentalismo protestante cuenta, en Estados Unidos, para incidir en las preferencias políticas de los electores, con más de 200 compañías de televisión, 1.500 radioemisoras y una red de universidades, colegios y escuelas.

Los grandes medios de comunicación, privados y comerciales, han pretendido reemplazar a los partidos políticos y no han podido persuadir que la democracia como está ya no responde a las necesidades de la población. El desequilibrio informativo y la marginación comunicativa mantienen la dependencia y bloquean las posibilidades de los ciudadanos para que participen, de alguna manera, sin interferencias indebidas, en la vida nacional de cada pueblo. La libertad de expresión de grandes sectores, está frecuentemente confiscada por grupos poderosos, aliados de fundamentalismos políticos, económicos y religiosos.
El laicismo tendrá que renovar sus esfuerzos para contribuir a crear el clima necesario a fin de que, por lo menos en América Latina, con 500 millones de habitantes, y que en 30 años más crecerá en 200 millones, se expresen la tolerancia, la justicia social y el pleno derecho a la libertad de pensamiento y de conciencia. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, en su artículo 59, dice que “nadie podrá invocar creencias o disciplinas religiosas para eludir el cumplimiento de la ley ni para impedir a otro u otra el ejercicio de sus derechos”.

Esa es la meta ideal del laicismo, la plenitud del pensamiento libre y el humanismo en su expresión superior.

3.- Hacia la unidad del laicismo.

Tengamos la seguridad que el laicismo será la doctrina básica más democrática para el entendimiento futuro de todos los movimientos que luchen por una verdadera democracia solidaria, cualesquiera sean los nuevos centros de poder mundial –Estados Unidos, China, Rusia o Unión Europea– y las nuevas fórmulas que encuentre el mundo venidero para introducir cambios sustanciales que modifiquen, en beneficio del hombre, las viejas, gastadas e injustas estructuras políticas y jurídicas.

Han pasado casi 200 años de independencia de nuestros pueblos y aún fuertes sectores de la población viven en la miseria, sin que nadie les pueda escuchar su largo quejido por la justicia. Si bien más de 100 países se han desprendido de regímenes dictatoriales y violentos en los últimos 20 años y la mayor parte de la humanidad vive en democracia, todavía está muy lejos una situación satisfactoria. Se necesitarían más de 100 años para que un pobre, víctima de derechos fundamentales, como el trabajo mismo, pueda obtener para los suyos lo que un gerente de una transnacional gana en una o dos horas. El viejo Michelet decía, no sin razón, que el Siglo XVI descubrió al mundo y al hombre; desde entonces van siglos de atraso y pobreza, con tiempos como éstos de insólita desigualdad.

Ninguna doctrina mejor que el laicismo para que los valores inapreciables de la tolerancia y la justicia se desarrollen y crezcan en favor del respeto a la libertad de pensamiento, a la dignidad y destino de esos hombres y mujeres, tantas veces postergados por sus creencias, su raza, su nacionalidad o su educación que, siendo un derecho, les ha excluido. Nada impide más el acercamiento humano que la desigualdad en el saber.

Parece que las iglesias, que sin mucha discrecionalidad han cogobernado, y aún los partidos políticos sienten su influencia quebrantada frente al laicismo al que, por su persistencia libertaria, ven como rival y adversario en el mundo de hoy. El laicismo jamás ha pretendido reemplazar la política o la religión, sólo ha reclamado que todos los factores de la sociedad abran paso a la espiritualidad y a los valores positivos y elevados como los suyos que humanizan y enaltecen.

El Presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica, CAL, Philippe Grollet, en una notable vanguardia de una comunidad filosófica no confesional, ha llamado a echar las semillas de la unidad orgánica del pensamiento laico para escribir desde ahora, necesariamente juntos e integrados, la página liberadora que reclama la propia entraña de nuestros pueblos. Dispersos, en verdad, no existimos, pero juntos seremos capaces de subrayar la palabra multiplicada de libertad que escasea en el escenario político y religioso de la sociedad contemporánea.

Si rescatamos la memoria histórica de nuestros pueblos, si redescubrimos sus raíces verdaderas y volvemos sobre aquellos hombres que hablaron y no hemos podido escuchar bien en sus palabras, de seguro que fortaleceríamos las banderas del laicismo como expresión de la dignidad de nuestros pueblos. Nos independizaron ciertamente, pero no alcanzaron a darnos la independencia sobre yugos que aún permanecen en los púlpitos con desplante tradicional y romano.

El laicismo es luchar por lo nuestro, es abrir las ventanas de la comprensión y la justicia y es luchar sin tregua contra todos los fanatismos, que perturban y distraen en la tarea común del bienestar irrevocable del hombre.


La salvación nacional y democrática de nuestros pueblos, en su identidad social, étnica, cultural y política, sin intromisiones foráneas, está, como brújula en la marejada, en el laicismo que hoy ha exaltado este Primer Seminario Latinoamericano para que haya libertad, paz y justicia.


Santiago de Chile, 31 octubre de 2004. 

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